Peniel Y Jacob se quedó solo. Y un hombre luchó con él hasta que rayaba el alba. Cuando el hombre vio que no podía vencer a Jacob, tocó la articulación de su cadera, y la cadera de Jacob se dislocó mientras luchaba con él. Entonces dijo: «Déjame ir, porque ya ha amanecido». Pero Jacob respondió: «No te dejaré ir a menos que me bendigas». Y él le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Y él respondió: «Jacob». Entonces dijo: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido». Luego Jacob le pidió: «Por favor, dime tu nombre». Pero él respondió: «¿Por qué preguntas mi nombre?». Y allí lo bendijo. Así que Jacob llamó a aquel lugar Peniel, diciendo: «Porque he visto a Dios cara a cara, y sin embargo mi vida ha sido preservada». El sol salió sobre él mientras pasaba por Penuel, cojeando debido a su cadera. (Génesis 32:24-31) Jacob sentía miedo y angustia tras enterarse de que Esaú venía a su encuentro con cuatrocientos hombres. Después de enviar a su familia y todas sus pertenencias al otro lado del arroyo, Jacob se quedó solo en el vado de Jaboc. Entonces, un hombre luchó con él. Aunque Jacob estaba angustiado, el hombre no pudo vencerlo. Por el contrario, Jacob logró retener al hombre durante toda la noche hasta obtener su bendición. Entonces, el hombre llamó a Jacob «Israel» y lo bendijo. Tras la lucha, Jacob había cambiado. No solo había salido de su estado de abatimiento, sino que también había quedado cojo. Dios utilizó aquella lucha para recordarle a Jacob quién era él; para recordarle que era capaz de luchar contra los hombres y prevalecer, permitiéndole así avivar su fe y retomar el control. Al mismo tiempo, Dios quería recordarle que su fe provenía de Dios, no de su propia carne. Por eso, Dios hizo que quedara cojo. Jacob luchó contra situaciones adversas en la tierra dispuestas por Dios desde el cielo y prevaleció; por eso Dios dijo que Jacob había luchado con Dios y con los hombres, y había prevalecido. A través de esa lucha, Jacob comprendió que todo provenía de Dios. Por ello afirmó haber visto a Dios cara a cara. A menudo, Dios desea fortalecer nuestra fe colocándonos en situaciones difíciles. Al igual que Jacob, luchamos contra las circunstancias dispuestas por Dios para poder encontrarnos con Él cara a cara. En la carta a los Colosenses, Pablo dice: Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos. (Colosenses 1:24-26) Jesús murió por nuestros pecados en la cruz. Sufrió una muerte dolorosa y vergonzosa. Gracias a su sacrificio, pudimos ser salvos. Pablo comprendió que la razón de nuestros sufrimientos no radicaba en la necesidad de más salvación, sino en la edificación de la iglesia, el cuerpo de Cristo. Jesús nos dio su cuerpo como fundamento. Para edificar el cuerpo sobre ese fundamento, debemos cargar nuestra propia cruz y seguir a Jesús. Es posible que suframos al llevar la cruz; sin embargo, a través de ese sufrimiento, nos encontramos con Dios cara a cara. Por eso Pablo se regocijaba en sus padecimientos, tal como expresó a continuación: Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. (2 Corintios 4:16-17) Al igual que Jacob, nuestro hombre exterior puede estar desgastándose, pero nuestro hombre interior y nuestra fe se renuevan día a día. Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)